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Me gusta mucho el concepto de fricción. Yo suelo pensar que gracias a la fricción también percibimos una caricia. Quizá por eso eliminarla en todos lados, en todo momento, termina siendo un error.

Pero también me pregunto si no estamos en un camino difícil de detener. Pienso en los inuit, que podían pasar días sin dormir ni comer para acercarse lo suficiente a un caribú. Hoy usan rifle y GPS. Es lógico: el riesgo era enorme. Pero en ese proceso también se pierden capacidades, como orientarse por el viento o las corrientes de aire.

La pregunta entonces es hasta dónde eliminar la fricción. Qué grado de incomodidad sigue siendo necesario. Porque aunque nuestra vida ya no sea tan física, seguimos buscando fricción de otras maneras: correr, ir al gimnasio, ayunar.

Parece que necesitamos cierta resistencia para sentir que estamos realmente en el mundo. La diferencia es que ahora muchas veces es una fricción elegida, no impuesta.

Supongo que la cuestión es elegir bien dónde queremos esa fricción. Porque aunque a veces nos frene, también es lo que nos impulsa.

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