No estaba muda.
Tampoco quieta.
Han pasado meses desde la última vez que escribí por aquí.
Y no es porque no tuviera nada que decir.
Es porque estaba escribiendo donde más dolía.
En mi libro. En mi gente. En mí.
Y cuando una escribe desde ahí, a veces necesita callar para no diluir lo que arde.
Pero ahora vuelvo.
Y no para un scroll fácil ni likes de compromiso.
Vuelvo para recordarte que hay que fxllarse las mentes. Como decían en Martín Hache.
No para poseerlas.
Sino para despertarlas.
Porque si algo me dio rabia estos meses, fue la falta de verdad.
La complacencia.
El ruido disfrazado de mensaje.
La gente confundiendo visibilidad con visión.
Y el algoritmo, ese espectro, siendo el único con carácter.
Yo no escribo para gustar.
Escribo para provocar.
Para invocar.
Para morder certezas.
Si no dejas huella, ¿de qué sirve tener voz?
Esta newsletter no es para los que quieren aprender “principios de branding”.
Es para los que se atreven a cuestionarlos.
Para los que están hartos de las marcas con efecto espejo y buscan construir una con el filo de un bisturí y el alma de un poema maldito.
Yo no quiero ser tu gurú.
Quiero ser tu espejo de alto voltaje.
El que te devuelve sin anestesia lo que ya sabías… pero no te atrevías a mirar.
Si algo de esto te arde: contéstame.
No por cortesía. Sino porque algo en ti también quiere dejar de fingir.
Nos vemos en el siguiente round.
—Lines
Créditos de la imagen: Novarina Ru—Pexels.



