No es el código postal
Sobre el contexto y otros pretextos.
Hace nada, una prima mía publicó su primera novela.
Durante años ha trabajado en algunas de las mejores series y películas como localizadora de cine. Buscando lugares donde otros, después, construyen historias.
Nació cuatro días antes que yo. Y hace poco ha vuelto al pueblo.
Ese pueblo pequeño. Marinero.
De esa misma clase de párvulos salió también un cantante de fama internacional. De los que tienen colonia propia y suenan en todas partes.
Tres compañeros de patio. Tres trayectorias hacia fuera.
Y entonces lo piensas.
No es el lugar. No es el tamaño. No es el código postal.
Hay algo más silencioso operando. Algo que empuja a algunos a salir de la misma habitación mirando en la misma dirección.
Es curioso.
Quién nos lo iba a decir.
El caso es que, a veces, te tropiezas con personas —y con marcas— que viven instaladas en la excusa: la del código postal, la del tamaño, la del mercado.
Como si el límite estuviera fuera. Como si todo dependiera del lugar de origen, del tamaño, de las cartas que te vienen dadas, del punto en el mapa.
Y, sin embargo, a veces la diferencia no está en lo que te rodea, sino en lo que decides sostener cuando nadie mira.
En cuánto tiempo eres capaz de permanecer incómodo. En cuánta fricción puedes tolerar sin moverte de tu sitio. En cuántas veces estás dispuesto a intentar decir lo mismo… pero mejor.
Porque hay trayectorias que no empiezan cuando sales del pueblo. Empiezan mucho antes. Empiezan el día que dejas de usar el contexto como coartada.
Y entiendes, de verdad, que algunas voces no salen porque tengan más espacio. Salen porque ya no caben dentro.



