La niña del recreo y la pluma afilada
Escribo con la pluma afilada.
Pero dudo.
Como una niña que teme que no la elijan en el recreo.
¿O pensabas que era diferente a ti?
Pensabas que quien clava frases no tiembla.
Que quien busca impacto no se traga el miedo.
Que quien crea marcas con verbo propio no carga con una herida antigua atada al tobillo.
Error.
Yo también tengo un recreo tatuado en la espalda.
Uno en el que no me eligieron.
O me eligieron tarde.
O me eligieron como relleno, no como deseo.
Y a veces, aunque haya convertido inseguridades en insight, aunque crea en el poder del lenguaje con fe ciega... me vuelve la niña.
La que duda si lanzar el post.
La que se pregunta si esta vez va a gustar.
La que teme haber sido demasiado.
O no lo suficiente.
Pero escribo igual.
Porque si no escribo, me marchito.
Y si no me expongo, no me encuentro.
Y te lo digo porque sé que tú también estás ahí.
A punto de lanzar algo.
A punto de mostrarte.
Con miedo de no ser visto.
Con la duda ardiendo detrás de cada palabra.
Y aquí va la verdad cruda, sin reversa:
El miedo no se va.
Se integra
Porque lo importante no es escribir sin temblar. Lo importante es escribir igual.
A pesar del temblor.
Porque el temblor es señal de que importa. De que estás tocando algo real. Algo vivo. Algo tuyo.
Así que si hoy dudas… lanza.
Si hoy tiemblas… escribe.
Si hoy sientes que no te van a elegir… elígete tú primero.
Y si alguna vez te sirve recordarlo, aquí estoy del otro lado:
La niña que duda.
La mujer que escribe.
La marca que arde.
Sin permiso.




Tu pluma afilada y tu niña temblorosa me han llegado al corazón. Escribir con miedo es el mayor acto de valentía. Gracias por recordarnos que el temblor significa que importa.
La niña, la mujer, la marca…