Jibariza tu ego, no tu criterio.
La IA amplifica grietas. Solo tú decides si reduce tu comodidad o tu curiosidad.
Un día a alguien se le ocurrió que la mejor forma de vencer a un enemigo era reducirle la cabeza hasta convertirla en talismán, en un objeto diminuto.
Eso es lo que hacían los jíbaros en el Amazonas.
No es una historia bonita.
Ni ligera.
Ni pop.
Pero sí es una historia actual.
Y como 2+2 suelen ser 4 —hasta que llega Hacienda— ya te imaginas que te voy a hablar de la IA.
Y no es que la IA vaya a vaciarnos por dentro.
La herramienta no jibariza a nadie.
Y no creo que sea el Lobo de Caperucita en versión 5.0, de momento.
¿Pero sabes lo que sí hace?
Pues entre otras tantas cosas te envicia al atajo sin criterio, al output sin pensamiento, a la comodidad que se hace pasar por productividad y a ese gesto tan humano de creer que “ya está bien así”.
Ahí empieza la jibarización, la reducción.
No del talento, sino de la curiosidad, la sensibilidad y la autocrítica. Tres cosas que no salen en banners ni portfolios, pero sostienen todo lo que importa.
Porque cuando la herramienta empieza a completarte las frases, es demasiado fácil asumir que también completa tu criterio.
Y ahí, de forma silenciosa, la cabeza se va haciendo más pequeña al ritmo de tu tecleo.
Y no lo vas a notar en el día a día.
Lo vas a notar cuando intentes defender una idea que no pariste tú, cuando te pidan explicar una decisión que salió de un prompt, cuando te des cuenta de que no puedes sostener tu propia visión porque nunca la proyectaste de verdad.
La propiedad intelectual no es un documento. Es un músculo.
Y se atrofia si lo delegas.
Lo que necesitamos jibarizar no es la cabeza. Es el ego.
Porque la IA no solo infla talento, también infla ilusiones. Y le quedan preciosas —de toditos los colores—porque te dice, sin decirlo:
”mira qué lista eres con dos prompts, un truco de magia borras y un par de plantillas de profundidad instantánea”.
Y ahí es cuando te creces donde no debes… y te encoges donde no puedes. Porque donde el ego se infla, el criterio se reduce.
Y sí, obvio.
La IA amplifica.
Ese es su poder.
Pero lo que no se dice lo suficiente es que también amplifica cada grieta que ya traías.
Si no tienes criterio, lo hace evidente.
Si no tienes proceso, lo expone.
Si no tienes voz, la convierte en plantilla.
¿Y si no tienes autocrítica?
Pues, te construye un altar.
Y tú le pones un par de velitas.
La IA no te va a quitar el trabajo, te va a poner un espejo. Y en ese espejo solo hay dos figuras posibles:
— una cabeza reducida que escribe bonito,
— o una cabeza entrenada que piensa profundo.
Elige qué quieres jibarizar, el ego o el criterio.
Porque la herramienta no es el problema, lo eres tú cuando decides dejar de ser grande por ser cómodo.
Créditos imagen: Jose Antonio Gallego, Pexels
Soy Lines Aja y en Las Musas® convertimos marcas en narrativas inevitables.
No trabajo para gustar, trabajo para afilar tu marca y tu verdad.
Si buscas ficción no me busques.
Si buscas fricción no te alejes.
Y si estás preparado, te reto a que agendes.



