Cuando tienes hambre
Y no de pan. De dirección.
21:43.
No salgo como de costumbre.
Me quedo en casa. Vino, música, un portátil abierto y esas ganas raras de trabajar que no se parecen al trabajo. Porque no es trabajar si lo disfrutas como un cigarrillo a medias, después.
Hay algo en elegir quedarte que pesa más que cualquier plan. No es disciplina. Es deseo. Deseo de crecer.
Hambre. Y no de pan.
Es otra cosa, más primitiva.
Repaso la semana mentalmente.
Victorias.
De las que no se publican, y por eso pesan.
Renuncias.
De las que duelen aunque aún no sean oficiales.
Dudas.
No miedo. El miedo lo dejé hace tiempo. Ahora es una certeza callada, de esas que no gritan pero tampoco fallan.
Abro el portátil no para demostrar nada, sino para afinar. Y hay una diferencia.
Demostrar es ego. Afinar es oficio.
La casa está en silencio.
La noche también.
Y en ese silencio todo se vuelve más nítido: las decisiones, los límites, las lealtades, lo que sí y lo que no.
No estoy acumulando logros. Estoy ordenando estructura, comprimiendo.
Mientras otros corren, yo me quedo.
No por disciplina. Por apetito voraz. De fondo. De forma. De algo que todavía no tiene nombre, pero ya tiene dirección.
Algo que no se publica.
Se construye.
Despacio.



