Apego, evitación y el miembro fantasma.
O por qué quiero secuestrar las identidades de mis clientes.
Cada vez que entrego una identidad, un cachito de mí se va. Y crece.
Y no.
No es una metáfora bonita. Es una sensación física.
Algo que lleva mi pulso, mi manera de escuchar, mis obsesiones con el lenguaje, con la posición, con lo que se dice y con lo que se calla…. pero que ya no me pertenece.
Como un miembro fantasma.
Por eso, quizá, siempre quiero secuestrar un poco de esas creaciones. No por apego. Sino porque en algún punto un tanto incómodo de reconocer, me parecen mejores que la mía.
Y no lo digo desde la experiencia, sino desde la autoconsciencia.
Cuando trabajamos para otros, damos lo mejor.
Cuando trabajamos para nosotros, nos cuesta el doble.
Hay algo raro ahí.
Algo que no es solo psicológico, ni de foco, ni de método.
Tengo mi teoría —y tiene que ver con cómo la tradición religiosa nos enseñó a servir, a entregarnos y no tanto a reivindicarnos— pero no es harina de este costal.
Lo que sí es de este costal es esto:
Con otros somos radicales.
No nos permitimos la mediocridad.
Afinamos, descartamos, volvemos a empezar.
No trabajamos con lo tibio.
Con nosotros… negociamos.
Nos dejamos pasar frases que no diríamos jamás a un cliente.
Aceptamos soluciones que no firmaríamos para nadie más.
Nos escondemos detrás de “luego lo reviso”, “no es tan importante”, “cuando tenga tiempo”. Como si nuestro propio proyecto no mereciera el mismo respeto que el de quien nos paga.
Y ahí empieza el ruido.
El problema no es de talento. Es de posición.
Cuando trabajas para otro, sabes que estás instalando algo en el mundo:
una narrativa,
una promesa,
una manera de estar.
Cuando trabajas para ti, a veces te quedas atrapado en la duda.
¿Esto soy yo de verdad?
¿Esto es demasiado?
¿Y si luego cambio?
Y entonces no decides, postergas.
Te quedas en versión beta de ti mismo.
Mientras tanto, tus clientes salen al mundo con identidades más claras, más nítidas, más valientes… porque tú sí tuviste el coraje de tomar decisiones por ellos.
Y no es una cuestión de autoestima, sino de responsabilidad creativa.
De asumir que tu propia marca, tu propia voz, tu propio proyecto también son un encargo serio.
Aunque no haya briefing.
Aunque no haya presupuesto.
Aunque no haya nadie esperando el entregable.
Quizá por eso duele un poco entregar identidades.
Porque no solo das algo que has creado, das una versión de ti que sí fue capaz de decidir sin titubeos. Y te recuerdas que esa misma exigencia también es posible hacia dentro.
Porque cuando creas para otros, te entregas.
Pero cuando creas para ti mismo, te respetas.
Créditos imagen: Tima Miroshn, (Pexels)
Soy Lines Aja y en Las Musas® convertimos marcas en narrativas inevitables.
No trabajo para gustar, trabajo para afilar tu marca y tu verdad.
Si buscas ficción no me busques.
Si buscas fricción no te alejes.
Y si estás preparado, te reto a que agendes.



